Este proyecto busca abordar las ruinas urbanas de tres ciudades latinoamericanas en tanto espacios de articulación de elementos, temporalidades y agencias diversas. En las ruinas confluyen: a) las fuerzas de la naturaleza y la cultura, vectores inagotables de construcción y destrucción; b) se manifiestan también las latencias del pasado y las configuraciones del presente, en una tensión constante entre la persistencia de la memoria y las voluntades de reescribir la ciudad; c) y se materializan, finalmente, diversos proyectos urbanos en pugna, cuyas agencias diferenciadas ponen de relieve el carácter histórico y político de la ruina.

Ruina, naturaleza y cultura. La distinción entre naturaleza y cultura constituyó una piedra angular en el origen de la antropología. Desde el biologismo más extremo al culturalismo ferviente; desde etnoecologías particulares a reflexiones universalizadoras; su exploración constante ha sido un verdadero motor para el pensamiento disciplinar. Hacia mediados del siglo XX, C. Lévi-Strauss sostiene que, aún cuando resulta imposible captar el punto de pasaje entre hechos de la naturaleza y hechos de la cultura, todas las estructuras universales en los seres humanos corresponden al orden de la naturaleza, mientras que todas las estructuras que estén sujetas a normas pertenecen al orden de la cultura (Lévi-Strauss 1998: 41). Medio siglo después, la discusión permanece vigente: en diálogo con autores como Ingold (2000), Latour (1999) y Bird-David (1990; 1999), Philippe Descola se distancia de su maestro para pensar estas dos nociones — naturaleza y cultura— en términos de “continuidad” y no de ruptura (Lavazza, 2016). Esta tensión inmemorial entre naturaleza y cultura está también en el centro de la noción de ruina. Algunos autores han tendido a clasificarlas desde un marco dicotómico, distinguiendo las ruinas como obra del tiempo de las ruinas como obra de los hombres (Chateaubriand 1789). En esta investigación, en cambio, proponemos que la ruina es un constructo que el ser humano construye en alianza y conflicto con la naturaleza. En sintonía con los desarrollos conceptuales que subrayan la continuidad entre ambos términos, nos interesa analizar las ruinas como espacios donde ambos elementos confluyen.

Ruina, pasado y presente. La ruina es la historia de una caída, un hundimiento, un derrumbe. Nos remite a la transformación de un cuerpo enhiesto a otro, deteriorado, derruido e imperfecto, marcado por la imagen de lo ausente. La noción de ruina va ligada a la idea del fragmento; de la pérdida de una totalidad y un origen: son los restos de algo que no volverá a ser más que en su reconstrucción ilusoria y mimética, subsidiaria del modelo original. En este sentido, la ruina implica la convergencia de un pasado y un presente; la pervivencia de vestigios incompletos de un pretérito que es irrecuperable y al mismo tiempo “ineliminable” (Sarlo, 2005). De manera consciente o inconsciente, reaparecen fragmentariamente una y otra vez trozos de un pasado que se supone olvidado, aun cuando lo que se pretenda es el progreso de la modernidad (Deótte en: Centeno, 2004). En una era de temor y negación de la memoria, la ruina abre la posibilidad de recordar; ella inscribe la experiencia en una materialidad donde aún podemos reconocer lo sucedido. La ruina como testigo, da cuenta de la fragilidad del tiempo y de la experiencia humana. En estos términos, en la ruina “el testimonio es inseparable de la autodesignación del sujeto que testimonia porque estuvo allí donde los hechos (le) sucedieron” (Sarlo, 2005).

Ruina y agencias en disputa. Podemos sostener que el estado de ruina no es una condición neutra, reductible a la mera acción de agentes no humanos. No hay ruinas que sean un producto exclusivo de la naturaleza, porque incluso el abandono puede ser leído como acción humana; ni ruinas que sean sólo producto del ser humano, pues arruinar exige convocar las fuerzas de la naturaleza. Aunque en la ruina convive lo humano y lo no humano, hay mediaciones e interlocuciones que suceden en un orden simbólico y que pueden ser leídas desde una arena política. Hay ruina no sólo porque la naturaleza hace su trabajo, sino también porque ciertas personas en determinadas épocas dejaron que así lo hiciera (el abandono, la negligencia, la desvalorización o simplemente la corrupción). Ciertos tipos de ruinas no son sólo la manifestación imponente de la naturaleza, sino de la agencia de los humanos que pueden manipularlas a su antojo. En esta investigación, nos interesa incorporar al análisis esta carga de historicidad que permite leer las ruinas en una trama sociosimbólica particular, comprendiendo las agendas políticas que entran en juego y sus capacidades diferenciadas para imponer su voluntad sobre los espacios urbanos.